
Mi querido amigo/amiga .
Rompo a llorar con un gran desconsuelo, como si el mundo fuera a desmoronarse en mil pedazos. Esos momentos en los que no encontramos consuelo más allá del propio gemir, en los que el dolor nos envuelve y nos parece infinito.
Lloro hasta sentir que el llanto se apacigua, que la tormenta interior comienza a amainar. Y entonces, poco a poco, noto una extraña sensación de alivio , como si cada lágrima se llevara consigo un peso invisible.
Parecía que aquello no tendría fin, pero lo tiene. Y aunque sigo sintiéndome agotada, también me invade una calma inesperada . Me descalzo, camino despacio y susurro para mí misma: mañana será otro día.