
Mi querido amigo/amiga .
A veces he llegado a pensar que la vida espiritual estaba lejos de lo cotidiano.
Como si para rezar, para estar en paz, tuviera que alejarme de mi propio cuerpo, de lo que siento, de lo que me pasa ese día.
Hasta que me encontré esta frase de Edith Stein que me cambió la mirada:
"La vida espiritual brota siempre de nuevo a través de la vida de los sentidos".
¿Y qué significa esto en mi día a día?
Que no estoy separada de lo que vivo. Está también en lo que puedo ver, en lo que puedo escuchar, en lo que puedo tocar y en lo que siento.
Está en una palabra que me hiere y me deja dándole vueltas toda la tarde.
En una mirada que me alegra sin motivo.
En el cansancio de un día difícil que no sé ni nombrar.
En la alegría inesperada de una sesión que fluye.
En todo eso que tantas veces resumimos diciendo "es lo que siento".
Pero ahí no termina. Ahí empieza.
Porque sentir no es todavía decidir. Y eso me da mucha paz .
Puedo sentir rabia y preguntarme con honestidad ¿Qué hago con ella?
Puedo sentir miedo y elegir no dejarme gobernar por él.
Puedo sentir tristeza y permitirme escucharla, ¿Qué me está queriendo decir?
Puedo sentir dolor y, poco a poco, buscar una manera de atravesarlo sin huir.
Por eso, al menos yo, ya no intento escapar de lo que siento. Intento aprender a ocuparlo.
Procuro escuchar qué sucede en mí, sin quedarme pegada solo a la emoción, pero sin pasar por encima de ella.
Y quizá la pregunta que hoy me hago, y te comparto por si te sirve, es esta:
¿Qué estoy haciendo con aquello que hoy estoy sintiendo?
Porque tal vez también ahí, justo ahí, en lo más cotidiano y corporal, la vida espiritual vuelve a comenzar.