
Mi querido amigo/amiga .
En tu vida cotidiana, ¿distingues bien entre el placer y la dicha?
Para mí, el placer suele ser una satisfacción pasajera, algo que aparece en determinados momentos y que no se mantiene de forma constante en el tiempo. Es algo más efímero; incluso hay momentos placenteros que, con el paso del tiempo, terminamos olvidando.
La dicha, en cambio, la siento como algo más interno , independientemente de lo que esté ocurriendo fuera. Es una sensación de mayor plenitud, de paz y de libertad. También la relaciono con una mayor conexión con lo divino, con sentirme más segura y con experimentar una alegría más tranquila y sosegada.
Creo que la diferencia está en que el placer depende más de lo que sucede en un momento determinado, mientras que la dicha tiene más que ver con cómo me siento interiormente, incluso cuando las circunstancias externas no son perfectas.
¿A qué sucedáneos de la felicidad te has vendido en ocasiones?
Quizá, en algunas ocasiones, me he vendido a la búsqueda interminable. A pensar que cuando sane esto, cuando comprenda aquello o cuando encuentre mi propósito, entonces estaré en paz. Como si la felicidad estuviera siempre un poco más adelante y dependiera de alcanzar algo que todavía me falta.
También me he podido refugiar en la positividad , utilizando incluso lo espiritual para no permitirme sentir determinadas emociones como la rabia, la tristeza, el miedo, los celos o la frustración. A veces podemos convertir el «todo está bien» en una manera de no mirar aquello que nos duele.
Sin embargo, creo que es tan importante mirar lo que duele como aquello que está bien. No todo tiene que ser algo grande o trascendental. Muchas veces son pequeñas situaciones, emociones o conflictos cotidianos que también necesitan ser reconocidos y escuchados.
Otro sucedáneo de la felicidad puede ser la búsqueda de seguridad . A veces buscamos certezas a través de determinadas creencias espirituales, pensando «sé que todo ocurre por algo» o «el universo me protege», cuando quizá, en el fondo, estamos intentando evitar enfrentarnos a la incertidumbre y a la realidad de no saber qué va a ocurrir.
En definitiva, creo que en ocasiones puedo confundir la felicidad con sentirme segura, con tener respuestas, con conseguir que todo esté bien o con alcanzar aquello que creo que me falta.
Y quizá la reflexión más importante para mí está en observar qué condiciones estoy poniendo para permitirme estar en paz. Porque, si siempre necesito que algo cambie, que algo llegue o que algo se resuelva para poder sentirme bien, quizá estoy colocando mi felicidad demasiado lejos de mí.
¿Y tú donde la colocas?
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