
Mi querido amigo/amiga.
Cuando la vida se agolpa, las palabras buscan una salida. Salen a la luz y florecen desde un corazón que, a veces, se ha enredado como un ovillo.
La palabra se va formando por dentro . Y llega un momento en que necesito sentarme, detenerme y escuchar. Escuchar para poder escribir algo que se parezca a la verdad, aunque dentro de mí convivan distintas versiones de quien soy.
Para hacerlo, hay que bajar al pozo.
Al principio hay oscuridad . Pero si sigo bajando, si no huyo de ella, puedo encontrar agua cristalina.
Hay que alcanzar ese lugar más silencioso donde todavía podemos escucharnos. Dirigir el oído hacia nuestra propia interioridad, distinguir nuestra voz entre tanto ruido.
Porque si no somos capaces de reconocer nuestro ruido interior, nos volvemos más manipulables. Más fáciles de llevar por lo que otros dicen, quieren o esperan de nosotros.
Bajar al pozo es también deshacer nudos. Algunos los reconocemos; otros llevan tanto tiempo dentro que ya no sabemos cuándo ni cómo se formaron. Pero al descender con paciencia, algo empieza a aclararse.
Quizá escribir sea también eso: ayudar a dar a luz el alma .
Sacar a la luz aquello que permanecía escondido. Poner palabras donde antes solo había confusión. Mirar con honestidad lo que somos y dejar que el agua vuelva a estar limpia.
Y cuando conseguimos llegar un poco más adentro, algo cambia.
El corazón se abre .
Quizá el camino hacia fuera comience, precisamente, por atreverse a bajar.
¿Qué encontrarías si hoy te atrevieras a bajar al pozo?
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