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Publicado: 30-11-2025
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Raquel Agelán
Mi querido amigo, mi querida amiga
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Había una vez un monje que caminaba tranquilo por el bosque cuando, de repente, escuchó unos rugidos feroces detrás de él. Eran unos tigres que lo perseguían. Sin pensarlo demasiado, empezó a correr hasta llegar al borde de un acantilado. No tenía salida.

 

En un impulso, saltó y logró agarrarse a unas ramas que sobresalían de la pared del precipicio. Al mirar hacia abajo, vio que allí también lo esperaban más tigres. Y arriba, los otros seguían acechando. Estaba atrapado entre unos y otros.

 

Mientras intentaba sostenerse, se dio cuenta de que, sobre la misma rama a la que estaba aferrado, había un pequeño ratoncito mordisqueando unas fresas rojas y brillantes. El monje se quedó mirándolo, sorprendido por ese contraste tan extraño: tigres arriba, tigres abajo… y, en medio de todo, un ratón comiendo fresas como si nada.

 

En ese instante, algo dentro de él se calmó. Entendió que la vida siempre tiene tigres por un lado y por el otro: miedos, problemas, incertidumbres. Y que esperar a que todo desaparezca para sentirse bien es una trampa. Así que decidió soltar un poco la angustia, respirar… y disfrutar el momento presente. Tomó una fresa, la saboreó y sonrió.

Porque, aunque haya tigres, también hay fresas. ¿No te parece?


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