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Publicado: 25-08-2026
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Raquel Agelán
Mi querido amigo/amiga .

Hay veces que nos encontramos con algunas almas que, nada más conocerlas, nos producen entusiasmo y alegría.

 

Compartimos con ellas momentos de una manera cercana,

 

porque ese vínculo despierta algo en nosotros, ponemos unas expectativas altas en la relación, olvidando a veces que esa alma, igual que nosotros, también tiene los pies de barro.

 

Hay almas que, en un periodo de nuestra vida, tienen una importancia especial en nuestro proceso, en lo que nos está ocurriendo.

 

Comparten con nosotros una parte del camino .

 

Pero esas mismas almas pueden desaparecer en otros momentos de nuestra vida.

 

Y entonces sentimos, con claridad, la distancia.

 

Incluso cuando nuestras circunstancias no son fáciles.

 

Y esto muchas veces nos cuesta.

 

Quizá no tengan ahora mismo la disposición para estar de la manera que nosotros necesitamos.

 

Porque no saben, no pueden o no quieren.

 

Y también eso está bien .

 

A veces no se trata de rechazar un vínculo, sino de aceptar que ya no es el momento.

 

Aceptar que aquello que una vez fue posible entre dos almas quizá hoy ya no pueda darse de la misma manera.

 

Y entonces podemos elegir agradecer.

 

Agradecer lo que fueron.

 

Lo que compartimos.

 

Lo que ese vínculo despertó en nosotros.

 

Y tomar tranquilamente distancia.

 

Porque también aparecen otras almas.

 

Almas que, como nosotros que han permitido su propia evolución y están más preparadas para encontrarse con quienes somos ahora.

 

Almas con las que existe otra resonancia.

 

Otra manera de compartir.

 

Otra presencia.

 

Y eso también es maravilloso.

 

Quizá una parte de crecer consiste precisamente en aprender a no quedarnos encerrados en los vínculos que una vez fueron.

 

Porque si seguimos intentando habitar para siempre lugares que pertenecen a otra etapa de nuestra vida, terminamos asfixiándonos en aquello que ya no es.

 

La vida también necesita espacio para lo nuevo.

 

Para las personas que llegan.

 

Para las conversaciones que todavía no hemos tenido.

 

Para esos vínculos que quizá hoy están mucho más cerca de nuestra manera actual de sentir, de mirar y de estar en el mundo.

 

Porque, al final, la pregunta quizá no sea quién se queda y quién se va.

 

La pregunta puede ser otra:

 

¿Cuántos vínculos seguimos sosteniendo porque todavía nos hacen bien, y cuántos porque nos cuesta aceptar que ya cumplieron su tiempo?

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