
Mi querido amigo/amiga.
Hay lágrimas que nadie ve.
Las que caen en silencio, cuando la noche se hace larga y el corazón ya no encuentra palabras.
David conoció esas lágrimas.
El rey, el guerrero, el hombre que venció a Goliat, también lloró. Y no tuvo miedo de llorar delante de Dios:
«Todas las noches inundo de llanto mi lecho,
riego mi cama con mis lágrimas.»
David convirtió sus lágrimas en oración.
Y hay una imagen que me conmueve profundamente:
Dios recogiendo sus lágrimas en un odre.
Como si ninguna se perdiera.
Como si Dios guardara también aquello que nosotros quisiéramos olvidar.
«No seas sordo a mis lágrimas», le dice David.
Qué oración tan desnuda.
A veces tampoco nosotros sabemos qué decirle a Dios.
Solo sabemos llorar.
Y quizá también eso sea rezar.
Señor, tú conoces las lágrimas que nadie ha visto.
Las de la tristeza, las de la soledad, las del arrepentimiento, las que nacen del amor y aquellas que ni siquiera sabemos explicar.
Recógelas.
Guárdalas.
No permitas que ninguna se pierda.
Porque quizá las lágrimas también sean semillas.
«Los que siembran con lágrimas
cosecharán entre cantares.»
David lloró, pero sus lágrimas no tuvieron la última palabra.
Después volvió a cantar.
Y esa es hoy mi oración:
Señor, cuando no pueda cantar, déjame llorar contigo.
Recoge mis lágrimas.
Y cuando llegue el momento,
enséñame de nuevo a cantar.
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