
Mi querido amigo/amiga .
El arrepentimiento, en griego, se dice metanoia.
Podría ser una renuncia profunda al egoísmo, tanto del corazón como de la mente. Me encanta esta definición.
Esta transformación interior lleva tiempo y avanza despacio, como los caracoles. Encontramos su expresión en el Evangelio:
— “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”
(Lc 10, 27)
Quizá el verdadero arrepentimiento no se reduce a llorar por los errores cometidos ni a decir mirando al cielo:
“Dios, estoy afligido por ellos, perdóname”.
— Eso, por sí solo sabemos que no basta.
Sabemos que el don del arrepentimiento no se posee mientras el corazón no esté dispuesto a renunciar a todas sus afecciones desordenadas. (Tenemos un buen trabajo por delante)
- Amar a Dios sin restricciones para el creyente.
- Renunciar a lo que nos ata interiormente
- Vivir de un modo radicalmente nuevo
- Adoptar actitudes nuevas, coherentes con ese sentimiento de totalidad.
Hay una llamada a cambiar, a volver al amor primero, a dejar lo viejo para que nazca lo nuevo.
Y ahora, en silencio, déjame regalarte esta pregunta:
¿Estoy dispuesto no solo al arrepentimiento, sino a dejarme transformar?
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